Introducción

Existe algo intangible y mágico en la fotografía, difícil de definir, algo esquivo para la comprensión y el análisis superficial, algo que exige una mirada más próxima a la filosofía que a un simple examen técnico. Esta especie de mensaje subliminal nos aturde a todos por igual (desde el más insensible de los profanos hasta el más experimentado maestro), nos obliga a empatizar con el momento capturado y alivia nuestra maltrecha conciencia de la realidad.

Según Goethe: “Hay un delicado modo experimental de proceder, tan íntimamente identificado con el objeto que se convierte por ello en teoría”. En todo proceso creativo debe existir un estricto paralelismo entre la técnica y la experimentación, entre la práctica y la teoría, entre el respeto y la osadía.

Sergio Larraín fue certero en su reflexión cuando afirmó: “Una buena fotografía es creada por un estado de gracia. La gracia que se expresa en si misma cuando ha sido liberada de convenciones, libre como un niño en sus primeros descubrimientos de la realidad. El juego es entonces organizar el rectángulo”. Existe la posibilidad de experimentar la “íntima identificación con el objeto” a la que apela Goethe, “liberada de convenciones” como defiende Larraín y poder convertirnos así en dueños de nuestra propia teoría, asumiendo la fotografía como la más exacta representación de la realidad.